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04 octubre 2010

Hay domingos en los que debería ser típica.

La típica tópica.
Tragarme el fútbol y las ganas.
Y hundirme en el sofá hasta que se me cierren los ojos con el vaivén de las ondas televisivas.
Y no contestar los teléfonos.
Ni llegar puntual para variar un poco.
Ni chocolate de café, ni bailar el agua a carcajadas que salgan del alma.

Los susurros son un bien tan preciado como escaso.
Tan íntimo como indeleble.
Me hipotecaría en cuerpo y alma invirtiendo en la bolsa de susurros.
Y de caricias. Escalofríos. De abrazos que dijesen más que 18,936.742 palabras.

Te despiertas siendo una espectadora maquinal. Eres un jinete sin silla sobre un lippizzano salvaje al galope que no mira hacia atrás, ni aminora, ni para, en un viaje con herraduras del covirán. Sabe que estás ahí porque siente como le clavas tus rodillas y te aferras a sus crines, porque te escucha gritar y adivina tus ojos cerrados. Porque es consciente de lo que sientes cuando tu corazón repica más fuerte que sus fame.

Tiene que llegar a un lugar, y va tarde (tarde, tarde!) un oasis en el polo norte. Sin pies ni cabeza. Ni sabe llegar, ni cuánto tardaremos. Bien. Bien. Ese es el camino. Se me saltan las lágrimas de la velocidad.

Teta y sopa.
Y ahora como abras la boca y me eches de menos llamaré a los payasos.
Va en serio.

26 septiembre 2010

Empezamos tantos, quedamos tan pocos.

Y esto se ha llenado de retales. Canciones secas recubriendo todo el suelo.
Crepitan sorprendidas por cada nuevo paso.
Rompen en mil pedazos sin tiempo para despedidas.

Allí donde se quedaron vuestras letras y palabras. Las ganas.
Que se han atrofiado, que se olvidaron.
Que el verano nos derretía a baño de María y al punto de sal.
Que ahora nos hierbe la sangre por no haber visto llegar ese otoño.

Miramos en el espejo una masa deforme solidificada, de prisas.
De todo lo que éramos en otro tiempo, con los pies en la cabeza, con otras cosas entre las manos.
Nos echaremos de menos sin querer quererlo.

Las noches nos recordarán a golpe de minutos los segundos. Y los primeros.
Abrazaremos a los últimos con sobredosis de realidad.

Quiero ser música y estancarme en tu memoria.
Llenar tus momentos de tarareos contunuos, imposibles e inconscientes.
Sonreír sin mover un solo músculo de la cara, por tener un lugar al que llamar hogar.